Era increíble que ella hubiese conseguido establecer aquellos lazos tan fuertes de amistad con los zunis como para poder llevar a cabo ahora un proyecto sin precedentes como el suyo. Confiaba en que esa experiencia contribuiría a ampliar la visión del mundo que tenían aquellos chicos. Por supuesto, contando con el favor de los buenos dioses katchinas.

Era, sin duda, un plan atrevido y ambicioso, pero estaba segura de gozar del apoyo del jefe Rossiter. Saltó de la roca y montó de nuevo a Daisy. Cabalgó en dirección a la casa del rancho, dispuesta a poner en marcha la segunda fase de su plan. Después de entregar a Chico, el mozo del establo, las riendas de la yegua, entró en la casa. Pasó por su habitación para recoger el sobre que había sobre la mesa del ordenador y se dirigió al estudio de su padre.

– ¿Papá? -dijo llamando a la puerta.

– Adelante, cariño.

Desde que había dejado su cargo de senador, John Harcourt se pasaba casi todas las tardes recopilando sus memorias para publicar un día su biografía.

Alex entró en aquel despacho que más parecía una biblioteca, lleno de estanterías repletas de libros, desde el suelo hasta el techo. Contempló la colección de John Muir, el naturalista y explorador que tanto admiraba.

Le pasó un brazo por los hombros y depositó sobre la mesa el sobre que llevaba.

– Quería pedirte un gran favor, papá. Cuando llegues mañana por la mañana a California, me gustaría que vieses al responsable del programa de voluntariado del parque Yosemite y le dieras esto. No sé si será para ti una molestia en esta ocasión que vas sólo en calidad de asesor.

John empujó la silla hacia atrás y miró a su hija con ojos paternales.

– Cometí un error llevándote allí la primera vez.

– Por favor, papá, no digas eso. ¡Adoro Yosemite! Cuando les cuento a los muchachos cómo es, se emocionan sólo con pensar que podrán verlo un día. Tú me enseñaste a apreciar lo que Yosemite representa en nuestro mundo.



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