– ¡Quieto!

El perro continuó arañándole. Daisy gritó y se agarró al pasamanos de latón del ascensor. Alex la miró con curiosidad y luego apartó al animal de un empujón con la punta del zapato.

– ¡Mira que eres travieso, Mitzi! -La mujer tomó a su mascota en brazos y le dirigió a Daisy una mirada de reproche. -No entiendo lo que le pasa. Mitzi quiere a todo el mundo.

Daisy había comenzado a sudar. Continuó aferrada al pasamanos de latón como si le fuera la vida en ello mientras miraba cómo aquella pequeña bestia cruel ladraba hasta que el ascensor se detuvo en el vestíbulo.

– Parecíais conoceros -dijo Alex cuando salieron.

– Nunca… nunca he visto a ese perro en mi vida.

– No lo creo. Ese perro te odia.

– No es eso… -ella tragó saliva, -es que me pasa una cosa extraña con los animales.

– ¿Una cosa extraña con los animales? Dime que eso no quiere decir que les tienes miedo.

Daisy asintió con la cabeza e intentó respirar con normalidad.

– Genial -masculló él atravesando el vestíbulo. -Simplemente genial.


La mañana de finales de abril era húmeda y fría. No había papeles pegados en la limusina que los esperaba junto a la acera, ni latas, ni letreros de RECIÉN CASADOS, ninguna de esas cosas maravillosas reservadas a las personas que se aman. Daisy se dijo a sí misma que tenía que dejar de ser tan sentimental. Lani se había metido con ella durante años por ser exasperadamente anticuada, pero todo lo que Daisy había querido era una vida convencional. No era tan extraño, supuso, para alguien que había sido educada con tan poco convencionalismo.

Se subió a la limusina y vio que el cristal opaco que separaba al conductor de los pasajeros estaba cerrado. Al menos tendría la intimidad que necesitaba para contarle a Alex Markov cuál era su plan antes de llegar al aeropuerto.



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