– Espero que nos disculpéis, pero tenemos que coger un avión.

Amelia dio un paso adelante y le dirigió a Daisy una maliciosa sonrisa.

– Vaya, vaya. Alguien está impaciente por celebrar la noche de bodas. Nuestra Daisy es un bocadito apetecible, ¿verdad?

De repente, a Daisy se le fueron las ganas de tomar el soufflé de María.

– Me cambiaré de ropa -dijo.

– No tienes tiempo. Estás bien así.

– Pero…

La firme mano de Alex se posó en su espalda y la empujó resueltamente hacia el vestíbulo.

– Supongo que éste es tu bolso. -Ante el asentimiento de Daisy cogió el bolsito de Chanel de la mesita dorada y se lo tendió. Justo entonces, el padre y la madrastra de Daisy se acercaron para despedirse.

Si bien ella no pensaba llegar más allá del aeropuerto, quiso escapar del contacto de Alex que la conducía hacia la puerta. Se volvió hacia su padre y se odió a sí misma por el leve tono de pánico en la voz.

– Tal vez tú podrías convencer a Alex de que nos quedemos un poco más, papá. Apenas hemos tenido tiempo de hablar.

– Obedécele, Theodosia. Y recuerda que ésta es tu última oportunidad. Si me fallas ahora, me lavo las manos. Espero que hagas algo bien por una vez en tu vida.

Hasta ahora, siempre había soportado las humillaciones de su padre en público, pero ser humillada delante de su nuevo marido era demasiado vergonzoso y Daisy apenas consiguió enderezar los hombros. Levantando la barbilla, dio un paso delante de Alex y salió por la puerta.

Se negó a sostener la mirada de su esposo mientras esperaban en silencio el ascensor que los llevaría al vestíbulo. Segundos después, entraron. Las puertas se cerraron sólo para abrirse en la planta siguiente y dar paso a una mujer mayor con un pequinés color café claro.

De inmediato, Daisy se encogió contra el caro panelado de teca del ascensor, pero el perro la divisó. Enderezó las orejas, emitió un ladrido furioso y saltó. Daisy chilló mientras el perro se abalanzaba sobre sus piernas y le desgarraba las medias.



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