Vaqueros, botas, matrícula de Florida. ¡Tal vez fuera ranchero! Ella sabía que había multitud de ganaderos ricos en Florida. Quizás estuvieran dirigiéndose hacia el sur. «Por favor, Dios, que sea ranchero. Que sea igual que un episodio repetido de Dallas. Que haya una hermosa casa, ropas de diseño, y Sue Ellen y J. R. haraganeando alrededor de la piscina.»

– ¿Es usted ranchero?

– ¿Parezco ranchero?

– Lo que parece es un psiquiatra. Responde a una pregunta con otra.

– ¿Los psiquiatras hacen eso? Nunca he ido a uno.

– Por supuesto que no. Es evidente lo bien que le funciona la cabeza

Ella había intentado que el comentario sonara sarcástico, pero el sarcasmo nunca se le había dado bien y pareció que lo estaba adulando.

Daisy miró por la ventanilla el hipnótico paisaje de la carretera. Totalmente ensimismada, vio una casa desvencijada con un árbol en el patio delantero lleno de comederos de pájaros hechos de calabaza. El aire caliente los movía.

Cerró los ojos y se imaginó fumando. O lo intentó. Hasta ese día, no se había dado cuenta de lo mucho que dependía de la nicotina. En cuanto se adaptara a la nueva situación, tendría que dejar de fumar. En cuanto llegara a su nueva vida, tendría que replantearse muchas cosas. Por ejemplo, nunca fumaría en la casa del rancho. Si le apetecía un cigarrillo, saldría a fumárselo a la terraza, en el balancín al lado de la piscina.

Mientras seguía soñando, se encontró rezando otra vez: «Por favor, Dios, que haya terraza. Que haya piscina…»

Un poco más tarde, la despertó el traqueteo de la camioneta. Se incorporó bruscamente, abrió los ojos y soltó un grito ahogado de asombro.

– ¿Pasa algo?

– Dígame que eso no es lo que creo que es.

El dedo de la joven temblaba cuando señaló hacia el objeto que se movía al otro lado del polvoriento parabrisas.

– Es difícil confundir a un elefante con otra cosa.



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