
Era un elefante. Un elefante de verdad, vivito y coleando. La bestia recogió un fardo de heno con la trompa y lo lanzó hacia atrás. Mirando la deslumbrante luz del atardecer, Daisy rezó para estar todavía durmiendo y que aquello sólo fuera una pesadilla.
– Dígame que estamos aquí porque quiere llevarme al circo.
– No exactamente.
– ¿Va a ir usted solo?
– No.
Daisy tenía la boca tan seca que le resultaba difícil articular las palabras.
– Sé que no le gusto, señor Markov, pero, por favor, dígame que no trabaja aquí.
– Soy el gerente.
– Gerente de un circo -repitió ella débilmente.
– Exacto.
Atontada, Daisy se dejó caer contra el asiento. A pesar de su optimismo, era incapaz de encontrar una luz al final del túnel.
En el recinto abrasado por el sol había una carpa de circo roja y azul junto con varias carpas más pequeñas y una gran cantidad de caravanas. La carpa más grande, salpicada por estrellas doradas, tenía un gran rótulo de color rojo intenso donde se podía leer: CIRCO DE LOS HERMANOS QUEST, PROPIETARIO: OWEN QUEST. Además de unos cuantos elefantes atados, Daisy vio una llama, un camello, varias jaulas enormes con animales y toda clase de gente de mal vivir, entre la que incluyó a algunos hombres bastante sucios. A la mayoría de ellos parecían faltarle los dientes delanteros.
El padre de Daisy siempre había sido un esnob. Le encantaba todo ese rollo de los linajes antiguos y los títulos de nobleza. Se jactaba de descender de las más grandes familias zaristas de Rusia. El hecho de que hubiera casado a su única hija con un hombre que trabajaba en un circo decía mucho de lo que sentía por ella.
– No es exactamente el de los Hermanos Ringling.
– Eso ya lo veo -repuso ella débilmente.
– Los Hermanos Quest es uno de los circos que se conocen como circos de barro.
– ¿Por qué dice eso?
– Pronto lo averiguarás -la respuesta sonó ligeramente diabólica.
