Quizá poner un toque sentimental los ayudaría a los dos a sacar algo positivo de esa terrible experiencia.

– Sí, gracias.

– ¿Estás de coña?

– ¿Quiere o no quiere hacerlo?

– No quiero.

Ella intentó disimular la decepción.

– Vale.

– Es una puta caravana.

– Ya lo veo.

– Ni siquiera creo que las caravanas tengan umbrales.

– Si hay una puerta, hay un umbral. Incluso un iglú tiene umbral.

Por el rabillo del ojo, ella vio que comenzaba a formarse una multitud a su alrededor. Alex también se dio cuenta.

– Vamos, entra.

– Es usted quien se ha ofrecido.

– Estaba siendo sarcástico.

– Ya me he fijado que lo hace mucho. Y por si nadie se lo ha dicho nunca, es una costumbre molesta.

– Entra, Daisy.

De alguna manera se había trazado una línea y lo que había comenzado como un impulso se había convertido en un duelo de voluntades. Ella permaneció en el escalón, con las rodillas temblorosas, pero intentando mantenerse firme.

– Le agradecería que por lo menos tuviera la decencia de cumplir esa tradición.

– Por el amor de Dios. -Él bajó de un salto, la levantó en brazos y la llevó al interior, cerrando la puerta de una patada. Al momento la dejó bruscamente en pie.

Antes de poder decidir si había ganado o perdido esa batalla en particular, Daisy fue consciente de lo que la rodeaba y se olvidó de todo lo demás.

– ¡Ay, Dios!

– Herirás mis sentimientos si me dices que no te gusta.

– Es horrible.

El interior era incluso peor que el exterior. Estrecho y desordenado, olía a moho, a viejo y a comida rancia. Delante de ella había una cocina en miniatura, el mostrador de fórmica color azul desvaído estaba astillado. Los platos sucios estaban amontonados en el diminuto fregadero y había una cacerola con una gruesa costra sobre el fogón, justo encima de la puerta del horno, que estaba sujeta por un trozo de cordel.



25 из 361