
Su marido aparcó la camioneta al lado de las demás, apagó el motor y salió. Para cuando ella bajó, él ya había sacado las maletas de la parte trasera y había echado a andar cargando con ellas.
Los altos tacones de Daisy se hundieron en el terreno arenoso y se tambaleó mientras seguía a Alex. Todos dejaron lo que estaban haciendo y clavaron los ojos en ella. La rodilla le asomaba por el ancho agujero de las medias, la chamuscada chaqueta de raso se le caía de un hombro y los zapatos se hundían en algo demasiado blando. Afligida, Daisy bajó la mirada para asegurarse de que había pisado justo lo que se temía.
– ¡Señor Markov!
El chillido de la joven tenía un deje de histeria, pero él pareció no oírla y siguió caminando hacia la hilera de caravanas. Ella restregó la suela del zapato por la arena, llenándoselo de polvo durante el proceso. Con una exclamación ahogada, Daisy echó a andar de nuevo.
Alex se acercó a dos vehículos que estaban aparcados uno al lado del otro. El más cercano era una moderna caravana plateada con una antena parabólica. Al lado había otra caravana abollada y oxidada que parecía haber sido verde en otra vida.
«Por favor, que sea la caravana de la parabólica en vez de la otra. Por favor…»
Él se paró ante la fea caravana verde, abrió la puerta y desapareció en el interior. Daisy gimió, luego se dio cuenta de que estaba tan entumecida emocionalmente que ni siquiera era capaz de sorprenderse.
Alex reapareció en la puerta un momento después y observó cómo se acercaba tambaleándose hacia él.
Cuando al fin llegó al combado peldaño de metal, él le ofreció una sonrisa cínica.
– Hogar, dulce hogar, cara de ángel. ¿Quieres que te coja en brazos para cruzar el umbral?
A pesar del sarcástico comentario, ella eligió ese momento en particular para recordar que nunca la habían cogido en brazos para cruzar un umbral y que a pesar de las circunstancias, éste era el día de su boda.
