
Al otro lado de la habitación, Daisy se detuvo delante de un espejo antiguo para mirarse. Lo hacía por costumbre, no por vanidad. Para Lani, la apariencia lo era todo. Consideraba que llevar el rímel corrido era peor que un holocausto nuclear.
El nuevo corte de pelo de Daisy, a la altura de la barbilla y un poco más largo por detrás, era ligero, juvenil y delicado. A ella le había encantado desde el principio, pero le había gustado aún más esa mañana, cuando Amelia había protestado sobre lo inadecuado que era ese estilo para una boda.
Daisy vio acercarse a su novio por el reflejo del espejo. Compuso una sonrisa educada y se dijo a sí misma que todo saldría bien. Tenía que ser así.
– Coge tus cosas, cara de ángel. Nos vamos.
A ella no le gustó ni un ápice aquel tono de voz, pero había desarrollado un talento especial para tratar con personas difíciles y lo pasó por alto.
– María está haciendo un soufflé Grand Marnier para el convite de bodas, pero no está listo aún, así que tendremos que esperar.
– Me temo que no. Tenemos que coger un avión. Tu equipaje ya está en el coche.
Necesitaba más tiempo. No estaba preparada para estar a solas con él.
– ¿No podemos coger un vuelo más tarde, Alexander? Odio decepcionar a María. Es una joya y hace unos desayunos maravillosos.
Aunque la boca del hombre se había curvado en una sonrisa, los ojos parecieron taladrarla. Eran de un inusual color ámbar pálido que le recordaba a algo vagamente estremecedor. Aunque no podía recordar lo que era, ciertamente la inquietaba.
– Mi nombre es Alex, y tienes un minuto para llevar ese dulce culito tuyo hasta la puerta.
A Daisy le dio un vuelco el corazón, pero antes de que pudiera reaccionar, él le dio la espalda y se dirigió a los otros tres ocupantes de la habitación con voz tranquila pero autoritaria.
