
Empujé la mano a través de aquel torbellino de energía y tomé la suya. El hechizo intentaba filtrarse a través de mi piel y subirme por el brazo. No era visible, pero, igual que se ven cosas en los sueños, yo podía sentir una tenue oscuridad que trataba de treparme por el brazo. La paré justo debajo del codo y tuve que concentrarme para despegármela del modo en que uno se quita un guante. Había roto mi protección como si tal cosa y hay pocas maneras de lograrlo, y ninguna de ellas es humana.
Frances me miraba fijamente con los ojos muy, muy abiertos.
– ¿Qué… qué le está haciendo?
– No le estoy haciendo nada, señora Norton.
Mi voz sonó un poco impersonal, distante, porque estaba concentrándome en expulsar de mí el hechizo para que al soltarle la mano no se me aferrase nada.
La señora Norton intentó retirar la mano, pero yo no la dejé. Empezó a tirar de ella, débil pero insistentemente. La otra mujer dijo:
– Deje a Frances ahora.
Ya casi me había liberado, estaba prácticamente preparada para soltarla, cuando la otra mujer me tocó el hombro. Se me erizó el vello de la nuca, y perdí la concentración al sentir a Naomi Phelps. El hechizo volvió a caer sobre mi mano y me trepó al hombro antes de que pudiera concentrarme lo suficiente para detenerlo. Pero lo único que podía hacer era pararlo. No podía quitármelo de encima, porque una parte demasiado importante de mi atención se concentraba en la otra mujer.
