Nunca tocas a alguien cuando está haciendo magia o realizando actividades psíquicas, a no ser que quieras que suceda algo. Fue esto, más que cualquier otra cosa, lo que me indicó que ninguna de las mujeres era profesional o tenía especiales poderes psíquicos. Nadie con un poco de práctica, aunque fuera mínima, hubiera actuado de este modo. Sentía los efectos de algún ritual adheridos al cuerpo de Naomi. Se trataba de algo complejo y personal. Automáticamente, pensé en la glotonería. Algo se había estado alimentando de su energía y había dejado cicatrices psíquicos.

Se apartó de mí y se llevó la mano al pecho. Había sentido mi energía, de manera que tenía talento. No me sorprendió. Lo sorprendente era que no estaba entrenada, quizás en absoluto. Actualmente van a las guarderías a hacer pruebas para ver quién tiene dotes psíquicas o talento místico, pero en los años sesenta era un programa nuevo. Naomi se las había arreglado para que no la descubrieran, y pasada la treintena todavía nadie se había ocupado de sus poderes. La mayoría de las personas inexpertas con poderes psíquicos son locos, criminales o suicidas cuando alcanzan los treinta. Tenía que ser una persona muy fuerte y lo parecía, pero me miraba con lágrimas en los ojos.

– No hemos venido aquí para que se nos maltrate.

Jeremy se había quedado cerca de nosotros, pero poniendo mucho cuidado en no tocarnos. Sabía lo que se hacía.

– Nadie la está maltratando, señorita Phelps. El hechizo que afecta a la señora Norton trataba de… filtrarse en mi colega. La señora Gentry sólo intentaba apartar el hechizo cuando usted la tocó. No debería tocar a nadie cuando está ejerciendo la magia, señorita Phelps. Los resultados son imprevisibles.

La mujer nos miró con expresión de no dar crédito a nuestras palabras.

– Venga, Frances, larguémonos de aquí.

– No puedo -dijo Frances con un hilo de voz sumisa. Me estaba mirando fijamente, con miedo en los ojos. Y me temía a mí.



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