Apoyé la espalda en la ventana. Al otro lado, la nube de contaminación le daba al día una apariencia tan gris como la de mi jefe, aunque al menos la tez de éste tenía un tono más atractivo, un gris tostado, como las nubes antes de una lluvia primaveral. Lo que se extendía al otro lada de la ventana se sentía pesado y denso, como algo que por más que intentas tragar no logras que te pase. Era un día sofocante, o quizás fuera sólo mi estado de ánimo.

– Tienes mal aspecto -dijo Jeremy-. ¿Qué te pasa?

Cerró la puerta tras de sí y se aseguró de que quedase bien trabada. Intentaba crear un ambiente más íntimo. Quizá trataba de ayudarme, pero a mí no me lo parecía. La piel tensa en torno a sus ojos y la postura de sus hombros estrechos y bien torneados indicaban que yo no era la única de mal humor. Lo achaqué al tiempo, esa calma insoportable. Una buena lluvia o incluso un día ventoso habrían despejado la capa de contaminación y la ciudad habría podido respirar de nuevo.

– Es sólo un poco de añoranza -contesté-. ¿Y a ti qué te pasa; Jeremy?

Sonrió levemente.

– No te puedo engañar, ¿verdad, Ferry?

– No.

– Llevas un conjunto muy bonito -dijo.

Sabía que estaba sexy cuando Jeremy elogiaba mi ropa. Él siempre tenía un aspecto impecable incluso cuando iba con tejanos y camiseta, que se ponía sólo para camuflarse en laguna operación. En una ocasión, vi a Jeremy recorrer un kilómetro y medio en tres minutos con unos pantalones Gucci, persiguiendo a un sospechoso. Por supuesto, le ayudó el hecho de que su rapidez y habilidad fueran sobrehumanas. Cuando pensé que yo podría verme obligada a perseguir a alguien, algo que rara vez ocurría, saqué las zapatillas de deporte y dejé en casa los tacones altos.

Jeremy me dedicó una de esas miradas que ponen los hombres cuando les gusta lo que ven.



2 из 471