
Mi cabello era de un rojo intenso y resplandeciente a juzgar por cómo se reflejaba en los espejos. Un tono más rojo que caoba, con destellos negros en lugar del marrón habitual que tienen la mayoría de pelirrojos, como si alguien me hubiera esparcido rubíes por el pelo. Era un color que estaba muy de moda ese año. En la corte suprema del reino de los duendes lo llamaban caoba sangre y, si ibas a una buena peluquería, rojo hada o escarlata de sidhe. Hasta que se popularizó y acertaron finalmente con el tono, yo había tenido que ocultar mi verdadero color. Me había decantado por el negro, porque armonizaba mejor que el rojo humano con el color de mi piel La mayoría de la gente cometía el error de pensar que el escarlata sidhe realza la tez natural de los pelirrojos. No es verdad. Es el único color rojo verdadero que conozco que combina con un tono de piel claro o absolutamente blanco. Sin duda es el cabello adecuado para alguien a quien le favorece el negro, el rojo auténtico o el azul azafata.
Lo único que todavía tenía que esconder eran el verde vibrante y dorado de mis pupilas y la luminosidad de mi piel. Utilizaba lentes de contacto de color marrón oscuro y me oscurecía la piel mediante hechizos y magia.
