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Pensé que de algún modo podría determinar cuál de las dos mujeres era la esposa y cuál la amante con sólo mirarlas. Sin embargo, a primera vista eran sólo dos mujeres atractivas, vestidas de manera informal, como dos amigas que salen de compras o se van a comer. Una era bajita, aunque unos centímetros más alta que Jeremy o yo misma. El cabello rubio, rizado de forma natural, le caía justo hasta los hombros. Tenía una belleza sencilla y unos extraordinarios ojos azules que le llenaban el rostro. Unas cejas arqueadas y espesas compensaban las oscuras pestañas que enmarcaban sus ojos de forma casi teatral, aunque el color negro me hacía especular acerca de la autenticidad del rubio. No iba maquillada y, con todo, estaba muy guapa, de una manera etérea, muy natural. Con maquillaje y otra ropa había resultado impresionante.
Se sentó encogida, con os hombros encorvados, como quien espera que le suelten un bofetón. Me miraba con los ojos de un ciervo iluminado por los faros de un coche, con la certeza de que no iba a poder detener la desgracia que se le venía encima.
La otra mujer era delgada y alta, medía más de un metro setenta, y los largos cabellos, castaños y lacios, le caían en una brillante melena hasta la cintura. Aparentaba veintipocos años. Después, la intensidad de sus ojos castaños hizo que le añadiera una década, porque nadie tiene esa mirada antes de los treinta. Parecía mas segura de sí misma que la rubia, pero la rigidez de sus hombros y su mirada revelaban algún profundo tormento interior. Se la veía tan delicada que costaba imaginar que tenía algo tan duro como el hueso debajo de la piel. Sólo existe una razón para que una persona alta y segura de sí misma tenga esa apariencia de ternura: era, en parte, una sidhe. Ciertamente, su vínculo se remontaba a unas cuantas generaciones, nada tan estrecho como mi proximidad con la corte, pero en algún punto de su árbol genealógico una de sus varias veces tatarabuela se había acostado con algo no humano y del encuentro había nacido un niño. La sangre de hada, del tipo que sea, marca a una familia, pero al parecer la sangre de sidhe se conserva en los genes por siempre jamás, de manera que nunca se elimina por completo.
