– Si después de que las has visto, puedes, honestamente, deshacerte del caso, lo haremos.

– ¿Por qué me da la sensación de que de repente tengo derecho a veto? El nombre que hay en la puerta es Grey, no Gentry.

– Porque Teresa se identifica enseguida con los demás y no rechazaría a nadie. Roane es demasiado sensible como para echar a mujeres con lágrimas en los ojos. -Se ajustó la corbata gris perla, mientras sus dedos acomodaban el alfiler de diamantes-. Los demás saben defenderse, pero son incapaces de tomar decisiones. Sólo quedas tú.

Le miré a los ojos, intentando descubrir qué estaba pasando realmente por su cabeza, más allá del enfado y la preocupación.

– Tú no te identificas enseguida con los demás, ni tienes un corazón sensible; además, sabes tomar decisiones. ¿Por qué no lo decides tú?

– Porque si las echamos, no tendrán adonde ir. Si abandonan este despacho sin nuestra ayuda ya pueden darse por muertas las dos.

Le miré a los ojos y le comprendí al fin.

– Sabes que deberíamos quitarnos de encima este caso, pero no puedes emitir un juicio sobre ellas. No puedes condenarlas a muerte.

– Eso es.

– ¿Qué te hace pensar que yo sí puedo hacerlo?

– Espero que alguno de nosotros mantenga la suficiente cordura para no ser tan estúpido.

– No os voy a sacrificar a todos por de unas desconocidas, Jeremy, o sea que prepárate para rechazar el caso. -Mi voz sonó decidida y fría. Incluso a mí.

Jeremy recuperó la sonrisa.

– Esta sí que es mi brujita despiadada.

Asentí con la cabeza y me encaminé hacia la puerta.

– Es uno de los motivos por los que me quieres, Jeremy. Cuentas con que nunca me eche atrás.

Caminé hacia el pasillo que había entre los despachos, con el convencimiento de que me desharía de aquellas mujeres. Tenía la certeza de que iba a convertirme en el muro que nos protegería a todos de las buenas intenciones de Jeremy. La diosa sabe que ya me había equivocado antes, pero pocas veces había errado tanto como estaba a punto de hacerlo.



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