– Todos te conocen, primor. Kimberly McDaniels, bello nombre, por lo demás. -Le movió el cabello a un costado y

le anudó el cordel del sujetador sobre la nuca. Hizo un lazo y se disculpó por haberle tirado del pelo.

Kim quiso hacer un comentario, pero se olvidó de lo que iba a decir. No podía moverse. No podía gritar. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Escrutó aquellos ojos grises que la acariciaban.

– Asombroso -dijo él-. Estás bellísima para un primer plano.

Ella intentó decir «Vete a la mierda», pero las palabras se enredaron y salieron como un suspiro largo y cansado.

– Veieeerda.

7

En una biblioteca privada al otro lado del mundo, un hombre llamado Horst estaba sentado en su sillón tapizado de cuero y miraba la gran pantalla ED junto al hogar.

– Me gustan las manos azules -le dijo a su amigo Jan, que agitaba su bebida en un vaso tintineante. Horst subió el volumen con el control remoto.

– Es un toque delicado -convino Jan-. Con ese traje de baño y esa tez, ella es tan americana como el pastel de manzana. ¿Estás seguro de que grabaste el vídeo?

– Claro que sí. Ahora mira -dijo Horst-. Observa cómo él tranquiliza a su animal.

Kim estaba tendida de bruces, amarrada como una presa de cazador, las manos a la espalda y sujetas a las piernas flexionadas. Además del traje de baño rojo, usaba zapatos negros de charol con tacones de doce centímetros y elegante suela roja. Era un calzado exclusivo, Christian Louboutin, el mejor, y Horst pensó que parecían más juguetes que zapatos.

Kim le suplicaba al hombre que sus espectadores conocían como «Henri».

«Por favor -sollozaba-. Por favor, desátame. Haré mi papel. Será mejor para ti y jamás se lo contaré a nadie.»

– Eso es verdad -rio Horst-. Jamás se lo contará a nadie.

Jan bajó el vaso.

– Horst -dijo con tensa impaciencia-, por favor, haz retroceder el vídeo.



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