«Jamás se lo contaré a nadie», repitió Kim en la pantalla.

«Está bien, Kim. Será nuestro secreto, ¿verdad?»

Henri llevaba una máscara en el rostro y su voz sonaba alterada digitalmente, pero su actuación era enérgica y su público estaba ansioso. Ambos hombres se inclinaron en el asiento y contemplaron cómo Henri acariciaba a Kim, le frotaba la espalda y la arrullaba hasta que ella dejaba de gimotear.

Y luego, cuando ella parecía a punto de dormirse, él se montó a horcajadas en su cuerpo, envolviéndose la mano con el pelo largo, húmedo y rubio de la mujer.

Le alzó la cabeza, tirando hasta que Kim arqueó la espalda y la fuerza del tirón la hizo gritar. Tal vez vio que él había empuñado un cuchillo dentado con la mano derecha.

«Kim -dijo él-, pronto despertarás. Y si alguna vez recuerdas esto, te parecerá una pesadilla.»

La bella joven guardó un asombroso silencio cuando Henri abrió el primer tajo profundo en la nuca. Luego, cuando sintió el dolor -que la arrancó bruscamente de su modorra-, abrió los párpados y soltó un alarido ronco con la boca pintada. Sacudió el cuerpo mientras Henri aserraba los músculos, y luego el alarido se interrumpió, dejando un eco mientras Henri terminaba de tronchar la cabeza con tres tajos largos.

Chorros de sangre salpicaron las paredes pintadas de amarillo, se derramaron en las sábanas de satén, mojaron el brazo y la entrepierna del hombre desnudo arrodillado sobre la muchacha muerta.

La sonrisa de Henri era visible a través de la máscara mientras sostenía la cabeza de Kim por el cabello, de modo que oscilaba suavemente frente a la cámara. Una expresión de pura desesperación estaba tallada en aquel bello rostro.

La voz digitalizada del asesino era turbadora y mecánica, pero Horst la encontraba muy satisfactoria.

«Todos felices, espero», dijo Henri.

La cámara se demoró ante el rostro de Kim un largo instante y luego, aunque el público quería más, la pantalla se ennegreció.



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