
– No sé, Barbara. Para mí tampoco tiene sentido.
– ¿Qué hora es allá?
– Las diez y media de la noche.
– Entonces… ¿hace dieciocho horas que no la ven? -continuó Barbara, secándose los ojos en la camiseta de él, tratando de encarar las cosas con optimismo-. Quizá fue a pasear con algún chico guapo y tuvieron un pinchazo. O el móvil no tenía cobertura, o algo así. Quizás esté muy contrariada por no haberse presentado en el rodaje. Ya sabes cómo es ella. Tal vez esté atascada en alguna parte, enfadada consigo misma.
Levon había omitido la parte más aterradora de la llamada telefónica. No le había contado a Barbara que el hombre había dicho que Kim había caído en «malas manos». Eso no ayudaría a su esposa, y no hallaba las fuerzas para decírselo.
– Tenemos que mantener la cabeza fría -dijo.
Barbara asintió.
– Desde luego. Bien, iremos allá, Levon. Pero Kim perderá los estribos cuando sepa que le pediste al hotel que llamara a la policía. Ya sabes cómo se enfada.
Él sonrió.
– Me ducharé después de ti -añadió ella.
Levon salió del baño cinco minutos después, rasurado, con el cabello castaño y húmedo erguido alrededor de la coronilla calva. Trató de imaginarse el Walea Princess mientras se vestía, vio imágenes de postal con recién casados que caminaban por la playa en el poniente. Pensó que nunca más vería a su hija y sintió el filo de un terror cortante.
«Por favor, Dios, por favor, que nada le ocurra a Kim.»
Barbara se duchó deprisa. Luego se puso un suéter azul, pantalones grises y zapatos bajos. Tenía una expresión de shock, pero había superado la histeria y su lúcida mente estaba activa.
– Sólo llevaremos ropa interior y cepillos de dientes, Le-von, nada más. Compraremos lo que haga falta en Maui.
En Cascade Township eran las cuatro menos cuarto. Había pasado menos de una hora desde que la llamada anónima había desgarrado la noche y sumido a los McDaniels en una incógnita aterradora.
