– Carol -dijo-, soy Levon McDaniels, el padre de Kim. Por favor, llámame cuando recibas este mensaje. No te preocupes por la hora. Estamos despiertos. Éste es el número de mi móvil…

Luego volvió a comunicarse con el operador.

– Necesitamos ayuda -dijo-. Por favor, póngame con el gerente. Es una emergencia.

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Levon McDaniels tenía la mandíbula cuadrada, medía más de uno ochenta y pesaba unos ochenta kilos de puro músculo. Siempre había tenido fama de firme, enérgico, reflexivo, un buen líder, pero sentado allí con sus calzoncillos rojos, sosteniendo un minúsculo teléfono inalámbrico que no lo comunicaba con Kim, sentía revulsión e impotencia.

Mientras esperaba que el personal de seguridad del hotel fuera a la habitación de Kim e informara al gerente, su imaginación le trajo imágenes de su hija, lastimada o cautiva por un maldito maniático a saber con qué intenciones.

El tiempo pasó, quizá sólo unos minutos, pero Levon se imaginó surcando el cielo del Pacífico como un bólido, subiendo a grandes zancadas la escalera del hotel y abriendo a patadas la puerta de Kim. La veía apaciblemente dormida, con el teléfono descolgado.

– Señor McDaniels, seguridad está en la otra línea. La cama está sin deshacer. Las pertenencias de su hija parecen intactas. ¿Quiere que llamemos a la policía?

– Sí. De inmediato. Gracias. ¿Podría darme su nombre, por favor?

Levon reservó una habitación y llamó a United Airlines.

A su lado, Barbara respiraba con resuellos húmedos. Brillaban lágrimas en sus mejillas, y su trenza entrecana se deshacía mientras ella le pasaba los dedos una y otra vez. Su sufrimiento estaba al desnudo y ella no podía evitarlo. Barbara nunca ocultaba sus sentimientos.

– Cuanto más lo pienso -balbuceó entre sollozos espasmódicos-, más creo que es una broma pesada. Si se la hubiera llevado querría dinero, y no lo pidió, Levon. ¿Para qué llamó entonces?



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