
Rodeó a Barbara con el brazo y los dos salieron de la terminal, pero antes de llegar a la fila de taxis vieron que se acercaba un hombre, un chófer que alzaba un letrero con el nombre de ellos. Era más alto que Levon, de pelo y bigote oscuros, y usaba gorra de conductor, traje oscuro y botas de vaquero que parecían de piel de caimán, con tacos de casi ocho centímetros.
– ¿Los McDaniels? -preguntó-. Soy Marco. El hotel me contrató para que los llevara. ¿Tienen que recoger el equipaje?
– No hemos traído ninguna maleta.
– Vale. El coche está fuera.
16
Los McDaniels siguieron a Marco, y Levon reparó en su extraño andar ondulante con aquellas botas de vaquero, pensando en el acento del hombre, que parecía de Nueva York o Nueva Jersey.
Cruzaron la calzada hasta un tramo de cemento donde Levon vio un periódico abierto en un banco. Con estremecedora sorpresa, notó que el rostro de Kim lo miraba desde abajo de los titulares. Era el Maui News, y las grandes letras negras clamaban: «La Bella Ausente.»
Levon se aturdió y tardó unos instantes en entender que durante las once horas de viaje se había declarado la desaparición oficial de Kim.
Así pues, no los aguardaba en el hotel.
Como había dicho aquel hombre, Kim no estaba.
Cogió el periódico con manos trémulas y su corazón se encogió mientras miraba los ojos risueños de Kim y observaba el traje de baño que lucía en esa foto, quizá tomada un par de días atrás.
Levon plegó el periódico y alcanzó a Marco y a Barbara en el coche.
– ¿Tardaremos mucho en llegar al hotel? -le preguntó al chófer.
– Una media hora, sin cargo, señor McDaniels. El Wailea Princess me ha puesto a su disposición.
– ¿Por qué hacen eso?
– Bien, en vista de la situación…, señor McDaniels -respondió Marco con discreción.
