Gruber usaba un traje con pantalones aguamarina y muchos brazaletes de oro, y sus dedos estaban gélidos cuando le estrechó la mano a Barbara.

Del Swann, el director artístico -tez oscura, pelo platinado, alhajas en una oreja-, vestía tejanos desteñidos a la moda y una camiseta negra y ceñida. Parecía a punto de sufrir un colapso mental, y Barbara sospechó que sabía más de lo que declaraba, o quizá se sentía culpable porque había sido el último en ver a Kim.

Había otros dos hombres. El mayor era cuarentón y vestía traje gris, y era más que obvio que pertenecía al ámbito empresarial. Barbara había conocido hombres como él en las convenciones y fiestas de negocios de Merrill Lynch a las que asistía Levon. Estaba segura de que ese sujeto y el clon más joven que tenía a la derecha eran abogados neoyorquinos a quienes habían llevado a Maui como un paquete de Federal Express, para eximir a la revista de responsabilidades.

Barbara miró a Carol Sweeney, una mujer corpulenta ataviada con un caro vestido negro, aunque anodino, la representante de la agencia que le había conseguido ese trabajo a Kim y había asistido a la filmación como escolta de la modelo. Carol tenía aspecto de haberse tragado un sapo, tan sofocada estaba.

Barbara no soportaba estar en la misma habitación que Carol.

– Tenemos un equipo de seguridad trabajando para averiguar el paradero de Kim -dijo el cuarentón (Barbara había olvidado su nombre nada más oírlo) a Levon.

Ni siquiera miraba a Barbara. Concentraba su atención en Levon, como casi todos. Sabía que ella parecía conmociona-da, frágil. Y nadie podía afirmar que no tenía buenos motivos.

– ¿Qué más puede decirnos? -le preguntó Barbara al abogado.



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