Escrutó las filas de cabañas inmaculadamente blancas que rodeaban la piscina, buscando a una joven en una tumbona bebiendo un trago, buscando a Kim sentada por allí. Vio a varias muchachas, delgadas, gordas, altas y bajas. Ninguna era Kim.

Más allá de la piscina vio un pasaje cubierto, escalones de madera que conducían a la playa tachonada de palmeras, frente al mar azul zafiro, sólo agua entre esa orilla y las costas de Japón.

¿Dónde estaba Kim?

Quiso decirle a Levon que sentía la presencia de su hija allí, pero cuando se giró él no estaba. Reparó en un exuberante cesto de frutas en la mesa cercana a la ventana y fue hacia allí. Oyó el ruido del retrete mientras levantaba la nota, que era una tarjeta de presentación con un mensaje en el dorso.

Levon, su querido esposo, con ojos vidriosos detrás de las gafas, se le acercó.

– ¿Qué es eso, Barbara?

– «Estimados señor y señora McDaniels -leyó ella en voz alta-, llámenme, por favor. Estamos aquí para ayudar en todo lo posible.»

La tarjeta estaba firmada por «Susan Gruber, Sporting Life», y bajo el nombre había un número de habitación.

– Susan Gruber -dijo Levon-. Es la jefa de redacción. La llamaré de inmediato.

Barbara sintió renovadas esperanzas. Gruber estaba al mando. Ella sabría algo.

Quince o veinte minutos después, la suite de los McDaniels se había llenado con una pequeña multitud de personas.

18

Barbara estaba sentada en un sofá, las manos entrelazadas sobre el regazo, esperando que Susan Gruber, la enérgica ejecutiva neoyorquina, con su fulgurante dentadura de dentífrico y su rostro afilado como una navaja, les dijera que Kim había tenido una riña con el fotógrafo, o que no había salido bien en las fotos, así que le habían dado tiempo libre o cualquier otra cosa, algo que aclarase la situación, que les confirmara que Kim sólo estaba ausente, no desaparecida, ni secuestrada ni en peligro.



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