
Kim rodó hacia delante cuando el coche frenó. Luego oyó la portezuela del conductor, y el chasquido de la llave en la cerradura del maletero.
Aferró el teléfono, temiendo que la voz de la operadora fuera demasiado fuerte y la delatara. Pero no quería colgar para no perder la conexión GPS entre ella y la policía, su mayor esperanza de rescate.
Una llamada telefónica podía rastrearse. Eso era así, ¿o no?
– Me han secuestrado -jadeó.
La llave giró a izquierda y derecha, pero la cerradura no atinaba a abrirse. En esa fracción de minuto, Kim repasó desesperadamente su plan. Todavía le parecía acertado. Si el secuestrador quería acostarse con ella, podría sobrevivir a eso, pero obviamente tendría que ser lista, entablar amistad con él, y recordarlo todo para luego contarlo a la policía.
El maletero se abrió por fin y el claro de luna le bañó los pies.
Y el plan de seducir al secuestrador se esfumó. Kim encogió las rodillas y lanzó una patada a los muslos del hombre. Él saltó hacia atrás, eludiendo sus pies, y antes de que ella pudiera verle la cara, le echó una manta encima y le arrebató el móvil de la mano.
Kim sintió el pinchazo de una aguja en el muslo.
Oyó la voz mientras su cabeza se inclinaba hacia atrás y la luz se desvanecía.
– Es inútil que te resistas, Kim. No se trata de nosotros dos, sino de algo mucho más importante, créeme. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué ibas a creerme?
5
Recobró el conocimiento acostada boca arriba en una cama, dentro de un cuarto reluciente y pintado de amarillo. Tenía los brazos sujetos y trabados detrás de la cabeza. Sus piernas, muy separadas, estaban amarradas al armazón metálico de una cama. Tenía una sábana de satén blanco hasta la barbilla, metida entre las piernas. No podía estar segura, pero le pareció que estaba desnuda bajo la sábana.
Tironeó de la cuerda que le sujetaba los brazos, teniendo aterradores vislumbres de lo que podría ocurrirle, nada que congeniara con la tranquilizadora promesa de que «todo saldría bien». Luego oyó gruñidos y chillidos que nacían en su garganta, sonidos que nunca había emitido.
