No logró hacer nada con las cuerdas, así que irguió la cabeza y echó un vistazo al cuarto. Parecía irreal, como un plató.

A la derecha de la cama había dos ventanas cerradas cubiertas con cortinas de gasa. Bajo las ventanas había una mesa llena de velas encendidas de toda altura y color, y flores autóctonas de Hawai.

Estrelicias y jengibre, flores muy masculinas a su entender, realmente sexuales, erectas en un jarrón junto a la cama.

Otro vistazo y detectó dos cámaras. De tipo profesional, montadas en trípodes a ambos lados.

Vio luces sobre pedestales y un micrófono en el que no había reparado antes, situado sobre su cabeza.

Oyó el fragor del rompiente, como si las olas se estrellaran contra las paredes. Y allí estaba ella, clavada como una mariposa en el centro de todo.

Inhaló profundamente.

– ¡Socorro! -gritó.

Cuando cesó el grito, una voz sonó detrás de su cabeza.

– Calma, Kim, calma. Nadie puede oírte.

Ella movió la cabeza a la izquierda, estiró el cuello con gran esfuerzo, y vio a un hombre sentado en una silla. Usaba auriculares y se los quitó de la cabeza para apoyárselos en el pecho.

Su primera visión del hombre que la había capturado.

No lo conocía.

Tenía pelo rubio oscuro más o menos largo, y frisaba los cuarenta. Tenía rasgos regulares e imprecisos que casi podían considerarse agraciados. Era musculoso, y usaba ropa ceñida de aspecto caro, además de un reloj de oro que ella había visto en Vanity Fair. Patek Philippe. El hombre de la silla se parecía a Daniel Craig, el actor que había protagonizado la última película de James Bond.

Volvió a ponerse los auriculares y cerró los ojos mientras escuchaba. No le prestaba atención.



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