
Holmes parecía cansado. Pocos años antes era joven, fresco, entusiasta. Rebus sabía que la vida hogareña se había cobrado su tributo: a él le había sucedido igual en su matrimonio, roto hacía años. La compañera de Holmes quería que éste dejase la policía. Deseaba un hombre que al volver a casa estuviera pendiente de ella y no enfrascado en los casos, en especulaciones mentales y en estrategias para ascender. Muchas veces, un oficial de policía está más unido a su compañero de trabajo que a su propia esposa. Cuando ingresas en el DIC te dan un apretón de manos y un papel.
El papel sin fecha fija, condicional a tenor de las circunstancias.
– ¿Sabes si está en casa? -preguntó Rebus.
– Le he telefoneado y contestó él mismo. Parecía medio sobrio.
– ¿Le has dicho algo?
– ¿Me tomas por idiota?
Rebus miró hacia las ventanas del edificio. La planta baja estaba ocupada por tiendas. Minto vivía justo encima de una cerrajería. La cosa tenía su gracia.
– Bien; subes conmigo y te quedas en el rellano. Sólo entra si oyes jaleo.
– ¿Seguro?
– Sólo quiero hablar con él. -Rebus le puso la mano en el hombro-. Tranquilo.
La puerta principal estaba abierta. Subieron la tortuosa escalera en silencio. Rebus tocó el timbre y respiró hondo. En cuanto comenzó a abrirse la puerta le dio un empujón con el hombro que propulsó a Minto y a él mismo hacia el recibidor escasamente iluminado. El inspector dio un portazo a su espalda.
