
Minto se puso a la defensiva hasta que vio quién era, tras lo cual se contentó con lanzar un gruñido y regresar dando zancadas al cuarto de estar, una pieza minúscula que incluía la cocina, con un armario que ocupaba toda una pared y que Rebus sabía que ocultaba una ducha con retrete y lavabo de casa de muñecas. Construían iglús más espaciosos.
– ¿Qué cono quiere? -le espetó Minto cogiendo una lata de cerveza, que vació de un trago, sin sentarse.
– Poca cosa -contestó Rebus, mirando alrededor despreocupado pero alerta, con las manos a los costados.
– Esto es allanamiento de morada.
– Sigue quejándote y yo te daré allanamiento.
El rostro de Minto se ensombreció. A sus treinta y tantos años parecía mucho mayor. Había estado enganchado a casi todas las drogas duras de su época, coca Billy "Whizz, caballo, speed Morningside, y ahora seguía un programa de metadona. Si antes era un problema menor, ahora era un loco. Un tarado.
– Por cierto, he oído que se la ha buscado -dijo.
Rebus dio un paso más hacia él.
– Pues, sí, Mental. Ya no tengo nada que perder. Podría rematar la faena.
Minto alzó las manos.
– Despacio. Vamos por partes. ¿Cuál es su problema?
Rebus serenó el rostro.
– Mi problema eres tú, Mental Minto. Has denunciado a un colega mío.
– Me pegó.
Rebus meneó la cabeza.
– Yo estaba presente y no vi nada. Fui a charlar con el inspector Holmes y estuve un buen rato; así que si te hubiera agredido lo habría visto, ¿no?
Se miraron mutuamente en silencio. Luego, Minto dio media vuelta y se dejó caer pesadamente en el único sillón del cuarto. Parecía enfadado. Rebus se agachó a coger algo del suelo. Era un folleto municipal de alojamientos para turistas.
– ¿Vas a algún sitio? -dijo, mientras miraba la lista de hoteles, hostales y habitaciones con derecho a cocina, y amenazaba con el papel a Minto-. Si atracan alguno de estos establecimientos tú serás el primero a quien visitaremos.
