
– ¿Qué es lo que haces exactamente en la plataforma? -preguntó uno de ellos.
– Procurar que no se hunda.
Tuvieron que apartarlo del bordillo de un tirón cuando intentó parar uno; perdió el equilibrio, cayó sobre una rodilla y le ayudaron a levantarse. Por fin paró un taxi para dejar a una pareja.
– ¿Es tu madre o es que estás desesperado? -le espetó al hombre. Sus amigos le dijeron que cerrara el pico y lo metieron en el taxi para acomodarle en el asiento de atrás-. ¿Pero habéis visto a esa tía? -les soltó-. Su cara… Una bolsa de patatas.
No irían a su piso: allí no había nada.
– Vamos al nuestro -dijeron sus amigos.
Así que sólo debía preocuparse de estar repantigado viendo las luces. Edimburgo era igual que Aberdeen; ciudades pequeñas, no como Glasgow o Londres. En Aberdeen había más dinero que clase y daba miedo; más miedo que Edimburgo. La carrera parecía no acabar nunca.
– ¿Dónde estamos?
– En Niddrie -oyó que decían.
No recordaba sus nombres y le daba apuro preguntar. El taxi paró por fin. Era una calle oscura; como si el vecindario no hubiese pagado la factura de la luz. Y así lo comentó.
Más risas, lágrimas y palmadas en la espalda.
Casas de alquiler de tres plantas, imitación piedra, con casi todas las ventanas protegidas por planchas metálicas o bovedillas.
– ¿Aquí vivís? -dijo.
– No todos podemos permitirnos comprar un piso,
Claro, claro. En muchos aspectos, él no podía quejarse. Abrieron de un empujón la puerta principal y entraron, sus dos amigos flanqueándole y echándole una mano al hombro. Era un portal húmedo y asqueroso y la escalera estaba medio obstruida por colchones rotos y tazas de sanitario, trozos de tubería y fragmentos de rodapié.
– Viva la salubridad.
– Arriba está bien.
Subieron dos pisos. En el rellano vio dos puertas abiertas.
