No se asomaron a ver cómo caía. Recogieron el instrumental e hicieron un paquete apresuradamente con el plástico para guardarlo todo en la bolsa y cerrar la cremallera.

– ¿Por qué tengo que ser yo? -preguntó Rebus al entrar en el despacho.

– Porque es nuevo y lleva poco tiempo aquí para haberse hecho enemigos en el barrio -dijo su jefe.

«Y porque no ha localizado a Maclay o a Bain», podría haber añadido él.

Un vecino que había sacado a pasear a un galgo presentó la denuncia.

– Se tiran muchas cosas a la calle, pero esto ya es…

Cuando Rebus llegó al lugar había un par de coches patrulla acordonando la zona, lo que no había impedido una aglomeración de vecinos. Uno de ellos remedaba los gruñidos de un cerdo. Casi todos los pisos estaban abandonados en espera de la piqueta y habían realojado a los inquilinos, pero aún quedaba algún piso por desalojar. A Rebus no le apetecía demorarse mucho allí.

Habían levantado atestado de un fallecido en circunstancias sospechosas cuando menos, y los equipos forense y de fotografía intercambiaban impresiones. Un ayudante del fiscal charlaba con un médico forense, el doctor Curt, que vio a Rebus y le saludó con una inclinación de cabeza, pero el inspector no tenía ojos más que para el cadáver. En una especie de verja antigua rematada por pinchos, que rodeaba la casa, estaba empalado el cuerpo aún sangrante. A primera vista creyó que se trataba de una extraña deformidad del cadáver, pero al aproximarse vio que el muerto estaba atado con cinta adhesiva a una silla medio destrozada por la caída. Tenía la cabeza enfundada en una bolsa de plástico transparente, ahora medio llena de sangre.

– Me pregunto si tendrá una naranja en la boca -dijo el doctor Curt, acercándose al inspector.

– ¿Lo encuentra gracioso?

– Quería telefonearle. Siento lo de su… En fin…

– Craigmillar no está tan mal.



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