
– No me refería a eso.
– Ya lo sé -dijo Rebus alzando la vista-. ¿Desde qué piso cayó?
– Desde el segundo, parece. Por aquella ventana.
Oyeron ruido a sus espaldas. Un agente vomitaba y un compañero a su lado le cogía por los hombros.
– Que bajen de ahí a ese pobre diablo y lo metan en un saco de cadáveres -dijo Rebus.
– No hay luz -comentó alguien a Rebus mientras le alargaba una linterna.
– ¿El suelo es seguro?
– Nadie se ha caído de momento.
Rebus recorrió el piso. Había estado en madrigueras como aquélla docenas de veces. Se advertía la presencia de pandillas, con su obsequio de orines y pintadas en las paredes. Otros se habían dedicado a arrancar todo lo que podía tener algún valor: moquetas, puertas, cables de luz, plafones. En el cuarto de estar, una mesa coja patas arriba y una manta arrugada con hojas de periódico. Un auténtico hogar en la ciudad. En el dormitorio no había nada; de las lámparas no quedaban más que los agujeros. En la pared, otro orificio enorme permitía asomarse al piso contiguo con igual panorama.
Los del departamento científico estaban inspeccionando la cocina.
– ¿Hay algo? -preguntó Rebus, y alguien iluminó un rincón con la linterna.
– Una bolsa repleta de bebida, señor. Whisky, ron, latas de cerveza y cosas de picar.
– Vaya juerga.
Rebus se acercó a la ventana. Junto a ella un agente apostado miraba cómo otros cuatro se esforzaban en desprender el cadáver de la verja.
– Más colocado no se puede estar -dijo el joven agente, volviéndose hacia Rebus-. ¿Usted qué cree, señor? ¿El borrachín se suicidó?
– A ver si haces honor al uniforme, hijo -comentó Rebus mientras se apartaba de la ventana-. Quiero huellas de la bolsa y su contenido. Si procede de una tienda de licores autorizada, seguramente habrá pegatinas con los precios; si no, podrían ser de un pub. Hay que buscar a una persona, o puede que a dos.
