
Afuera ultimaban unas fotografías de la silla y las ligaduras, antes de separarlas del cadáver. La silla iría a parar también a una bolsa con las astillas que recogiesen. Tenía gracia el orden con que se realizaba todo: ordenar el caos. El doctor Curt aseguró que por la mañana tendrían el resultado de la autopsia. Rebus no hizo ninguna objeción. Montó en el coche patrulla y lamentó que no fuese el suyo, pues en el Saab guardaba media botella de whisky bajo el asiento del conductor. Aún habría bastantes pubs abiertos; los autorizados hasta medianoche. Pero se dirigió a la comisaría, a medio kilómetro de allí. Le dio la impresión de que Maclay y Bain acababan de llegar; sin embargo, ya se habían enterado.
– ¿Homicidio?
– Algo así -contestó Rebus-. Lo ataron a una silla con la cabeza metida en una bolsa de plástico y lo amordazaron con cinta adhesiva. Debieron de empujarle, tal vez saltó él mismo o quizá se cayó. Quien estuviera con él se marchó a toda prisa sin coger lo que habían comprado.
– ¿Heroinómanos? ¿Vagabundos?
Rebus negó con la cabeza.
– Los pantalones vaqueros parecían nuevos y llevaba unas Nike recién estrenadas. Y una cartera bien repleta con tarjeta de cuenta corriente y de crédito.
– Entonces, sabemos el nombre.
Rebus asintió con la cabeza.
– Alian Mitchison, con domicilio en Morrison Street. -Sacudió un manojo de llaves-. ¿Alguien quiere acompañarme?
