
Subieron al tercer piso en el exiguo ascensor, en el que Bain tapaba el espejo vertical, y buscaron el apartamento 312. Rebus abrió la puerta, vio que el panel de alarma del minúsculo recibidor parpadeaba y lo desconectó con una llave, mientras Bain daba con el interruptor y cerraba la puerta. El piso olía a pintura y yeso, alfombras y barniz. Nuevo y deshabitado. No había muebles; sólo un teléfono en el suelo al lado de un saco de dormir desplegado.
– Una vida sencilla -comentó Bain.
La cocina estaba perfectamente equipada -lavadora, fogones, lavavajillas, frigorífico-, pero la puerta de la secadora conservaba el sello adhesivo de fábrica y en la nevera no había más que el manual de instrucciones, una bombilla extra y un juego de elevadores. En el armarito bajo el fregadero había un cubo para basura conectado a la puerta para su apertura simultánea. Nada excepto dos simples latas de cerveza aplastadas y un envoltorio manchado de rojo que olía a pincho moruno o algo parecido. El único dormitorio estaba vacío, y también el armario empotrado, sin perchas. Bain sacó algo a rastras del reducido cuarto de baño: una mochila Karrimor azul.
– Como si hubiera venido sólo a ducharse, cambiarse y salir corriendo.
Vaciaron la mochila. Aparte de ropa había un radiocasete estéreo y cintas -Soundgarden, Crash Test Dummies, Dancing Pigs- y Wbit, la novela de Iain Banks.
– Tengo que comprármela -dijo Rebus.
– Quédatela, ¿quién te ve?
