– ¡Embustero! -le espetó entre dientes-. ¡Todo lo que cuenta lo ha leído en los periódicos y lo que se inventa es basura!

Lo soltó y se puso en pie con las manos mojadas del sudor de la camisa de Shand.

– No miento -protestó Shand tirado en el suelo-. ¡Le digo que es la pura verdad!

Rebus apagó el cigarrillo a medio consumir y del cenicero se desparramaron varias colillas sobre la mesa. Rebus cogió una y se la arrojó a Shand.

– ¿Va a presentar acusación contra mí?

– Claro, con el cargo de hacer perder el tiempo a la policía. Una temporada en Saughton, compartiendo celda con un buen maricón.

– La costumbre es dejarle que se vaya -terció Maclay.

– Que lo encierren -ordenó Rebus, saliendo del cuarto.

– ¡Soy él! -insistió Shand, mientras Maclay le levantaba del suelo-. ¡Soy Johnny Biblia! ¡Soy Johnny Biblia!

– Ni por asomo, Craw -le dijo Maclay, calmándolo de un puñetazo.


Rebus necesitaba lavarse las manos y refrescarse la cara. Cuando entró en los lavabos, dos agentes que fumaban y contaban chistes dejaron de reír.

– Señor -dijo uno de ellos-, ¿quién era el de la «galletera»?

– Otro farsante -contestó Rebus.

– Hay muchos aquí -añadió el otro policía.

Rebus no sabía si se refería a la comisaría, a Craigmillar, o a toda la ciudad. Era el peor destino de Edimburgo; allí nadie aguantaba más de dos años de servicio. No hallaría diversión en aquella comisaría. Estaba en una zona de la capital de Escocia tan dura como la que más, y bien se merecía el apodo de Fort Apache, Bronx. Situada al fondo de un callejón que daba a una calle llena de tiendas, era un edificio bajo de fachada lóbrega con casas de pisos de alquiler, más lóbregas aún, en la parte de atrás. Su situación en la callejuela la hacía fácilmente vulnerable al aislamiento del mundo civilizado y había sido asediada infinidad de veces. Indudablemente, Craigmillar no era un destino apetecible.



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