
– Pues, un parque. Con árboles, con césped; un parque donde juegan los críos.
– ¿De esos que cierran las puertas?
– ¿Cómo?
– Ya era de noche. ¿Estaban cerradas las puertas?
– No me acuerdo.
– No se acuerda. -Hizo una pausa de dos compases-. ¿Dónde la conoció?
Craw respondió precipitadamente:
– En una discoteca.
– No parece usted el clásico discotequero, señor Shand. -Otro bufido de la máquina en reposo-. Descríbame el local.
– Como todas las discotecas -replicó Shand, alzando de nuevo los hombros-: poca luz, focos deslumbrantes y una barra.
– ¿Y la víctima número dos?
– Lo mismo. -Shand tenía los ojos apagados y la cara chupada, pero se notaba que comenzaba a divertirse reanudando su relato-. La conocí en una disco, me ofrecí a acompañarla a casa, la maté y me la follé.
– ¿Se llevó algún recuerdo?
– ¿Qué…?
Rebus dejó caer ceniza al suelo y unas pavesas fueron a aterrizar en sus zapatos.
– Que si cogió algo del escenario del crimen.
Shand reflexionó y negó con la cabeza.
– ¿Y dónde fue exactamente?
– En el cementerio de Warriston.
– ¿Cerca de su casa?
– Vivía en Inverleith Row.
– ¿Con qué la estranguló?
– Con el trozo de cuerda.
– ¿El mismo trozo? -Shand asintió con la cabeza-. ¿Dónde lo llevaba, en el bolsillo?
– Sí.
– ¿Lo tiene aún?
– Lo tiré.
– No nos facilita las cosas que digamos. -Shand se sacudió satisfecho. Cuatro compases-. ¿Y la tercera víctima?
– En Glasgow. Kelvingrove Park. Su nombre era Judith Cairns, pero me pidió que la llamase Ju-Ju. Le hice lo mismo que a las otras -respondió Shand de carretilla, repantigado en la silla y con los brazos cruzados.
Rebus alargó la mano hasta tocar con gesto de curandero el antebrazo del hombre, para acto seguido darle un leve pero certero empujón que lo tiró al suelo con silla y todo. Se arrodilló a su lado y lo incorporó agarrándolo por la camisa.
