
– Y supongo que ahí es donde entramos nosotros -dijo Rose-. Tu carta decía que me necesitabas.
– Y así es.
– Pero yo ni siquiera tengo sangre real. Eric no era mi verdadero padre -Rose se pasó la mano por el cabello. Seguro que lo recuerdas, Erhard. Después de llamar «zorra» a mi madre, Eric la expulsó del país.
– Pero viviste en él quince años. Y te fuiste para seguir a tu madre -dijo Erhard.
– No tenía otra opción -Rose se encogió de hombros-. Mi hermana, o mejor, mi hermanastra, quería «quedarse en el palacio, pero mi madre se había quedado sin nada. Ya entonces la relación entre mi hermana Julianna y yo estaba muy deteriorada. Mi hermana estaba celosa de mí y mí padre odiaba mi cabello pelirrojo. Bueno en realidad me odiaba a mí. Así que no hubiera tenido ningún sentido que me quedara atrás.
– Pero te consideró su hija hasta que tuviste quince años -dijo Erhard-. Es posible que intuyera que no eras suya, pero la gente sentía lástima por tu madre y te adoraba.
– Y mi abuelo quería que mi madre se quedara -dijo Rose-. A él no le importaba que yo fuera producto de escándalo. Sabía que su hijo era un donjuán y que el desliz de mi madre fue la consecuencia lógica de su soledad. Mi madre era una buena mujer en medio de una familia en la que escaseaba la bondad. Hasta que mi abuelo enfermó y perdió contacto con la realidad, mi padre no se atrevió a echarla.
– Y a dejarla sin ningún tipo de apoyo, ni personal ni económico -dijo Erhard.
– No nos importó -dijo Rose en tono altivo-. Conseguimos sobrevivir.
– Y tú dejaste el trono a disposición de Julianna.
– No -dijo Rose-. Mi madre y yo asumimos que lo heredaría Keifer, y luego Konrad. No podíamos adivinar que morirían jóvenes. Además, puesto que en realidad no soy verdaderamente noble…
– Claro que lo eres -dijo Erhard, vehementemente-. Naciste dentro de un matrimonio real.
