
Realmente lo era. Nick había pedido lo mismo que ella, entrecot con patatas asadas de guarnición, y también eso era una novedad para él, que estaba acostumbrado a que las mujeres con las que salía eligieran ensalada o pescado a la plancha y se dejaran la mitad en el plato.
Rose atrapó la última patata de la fuente.
– Las damas primero -dijo con una enorme sonrisa.
Erhard rió divertido.
– Creo que hacéis una gran pareja.
Una voz interior alertó a Nick, advirtiéndole que aplacara sus hormonas y se concentrara con seriedad en el asunto que estaban tratando.
– Todavía no hemos tomado ninguna decisión -dijo precipitadamente-. Todo esto parece un cuento de hadas.
– Pero los tres creemos que es posible -dijo Erhard-. Si no, no estaríamos aquí. Rose está de acuerdo.
– Rose no se ha comprometido a nada -replicó Rose-. Solo he aceptado conocer a Nick.
– Y ahora que lo has conocido, has comprobado que me hace sonreír.
– ¿Porque le he robado la última patata? Eso no constituye una base sólida para un matrimonio.
– Pero sí lo es la inteligencia compartida -dijo Erhard con calma-. Y también compartís la compasión. Ahora que os he conocido, creo que el plan es perfectamente viable.
– ¿Y verdad no hay ninguna otra solución? -pregunto Nick con cautela, a pesar de que cada vez se sentía menos cauteloso. Desde que Erhard entró en su despacho había crecido en su interior una excitación que no conseguía aplacar. Inicialmente, había estado relacionada con la idea de intervenir en el porvenir de una nación. Pero llegado aquel momento, ¿por qué de pronto la idea de casarse le resultaba tan increíblemente tentadora?
– Aclaremos las cosas -continuó-. ¿Por qué no puede hacerlo Rose sola? Erhard asintió. Obviamente, tenía la respuesta preparada.
– Por el lado positivo, Rose es la primera en la línea sucesoria y, en el pasado, la gente la amaba -dijo-. La desventaja es que en cuanto el viejo príncipe se debilitó, Eric proclamó a los cuatro vientos que Rose no era hija suya. Rose dejó el país y no ha vuelto en todos estos años.
