
– Un matrimonio de conveniencia… -dijo finalmente.
– Sí.
– Así lo entendí al leer la carta. Quizá si he venido es porque me gusta la idea de poder servir de ayuda, pero… -sonrió a Walter, que llegaba en aquel momento con sus platos, y asintió con vehemencia cuando el camarero le ofreció llenar su copa de vino-. ¿Estás seguro de que Julianna y Jacques serán malos gobernantes?
– Completamente -dijo Erhard.
– ¿No conoces a tu hermana? -preguntó Nick con curiosidad.
– De pequeñas nos llevábamos bien -dijo Rose con una leve tristeza-. Julianna era guapa, rubia y delgada, y yo tenía el pelo naranja y era regordeta. Pero a pesar de todo, el abuelo me quería y me mimaba. Me llamaba su pequeña princesa y Julianna no podía soportarlo. Tampoco mi padre. De hecho, yo misma acabé por odiarlo. Y cuando todo saltó por los aires, casi me alivió poder irme. Fui a vivir a Londres con mi madre, mi tía-abuela y sus seis gatos, y Julianna llegó a ser princesa -sonrió con melancolía-. Así que consiguió lo que tanto anhelaba, pero jamás contestó a mis cartas ni devolvió mis llamadas. Fue como si ella y mi padre nos borraran de sus vidas. ¿Y dices que se ha casado?
– Sí -contestó Erhard-, con Jacques, quien quiere hacerse con el poder.
– ¿Y cómo puedo estar segura de lo que dices respecto a sus intenciones?
– Porque yo puedo confirmarlo -intervino Nick-. He hecho averiguaciones a lo largo de esta semana y he descubierto que Alp de Montez pasa por una terrible crisis y que necesita un soberano para superarla. Ni Jacques ni el consejo que preside el país han mostrado el menor interés en gobernarlo democráticamente. Tampoco Julianna. La corrupción impera en todos los sectores.
– Oh -dijo Rose, abatida. Luego tragó y pareció hacer un esfuerzo para sacudirse la tristeza de encima-. ¡Qué comida tan deliciosa! -exclamó.
