
– Por supuesto -respondió el camarero, devolviéndole la sonrisa.
– Quiero algo dulce y muy pegajoso.
– Estoy seguro de que lo encontraremos, señorita -Walter parecía hipnotizado por Rose y a Nick, que sentía algo parecido, no le extrañó.
– ¿Los señores tomarán lo mismo?
– Nick asintió automáticamente aunque no acostumbraba a tomar postre. ¿Qué le estaba pasando? Tenía que recobrar el juicio. Y cuanto antes mejor.
– No sé nada de ti -dijo a Rose en cuanto Walter se fue-. ¿Cómo puedes aceptar la idea de que nos casemos?
– ¿Tienes miedo? -preguntó ella-. No soy una asesina ni una maltratadora de maridos. ¿Y tú?
Nick no se molestó en contestar.
– Erhard me ha dicho que eres viuda -preguntó, en cambio.
– Sí -replicó ella en un tono que indicaba claramente que ése no era un tema del que estuviera dispuesta a hablar.
– No es un impedimento para la boda -intervino Erhard.
– La cuestión es que yo no quiero casarme -dijo Nick. O al menos jamás había considerado la posibilidad de hacerlo. Al menos, no hasta conocer a Rose.
– Ni yo -dijo ella-. Pero nadie dice que tengamos que permanecer casados, ¿verdad, Erhard?
– Claro que no -dijo éste-. La idea es que os caséis enseguida y que os presentemos en Alp de Montez como la alternativa a Julianna y Jacques. Bastará con que los dos permanezcáis en el país durante un mes. En cuanto la situación se calme, tú, Nick, podrás volver a Londres. Una vez se estabilice el nuevo gobierno, podréis divorciaros.
– ¿Y dependeríais de Rose para estabilizar las cosas?
– Tú eres abogado internacional -dijo Erhard-. Estoy seguro de que sabes que hay que atar muchos cabos.
