
Erhard tenía razón. Nick llevaba toda la semana pensando en ello. «La posibilidad de contribuir al bien público…».
Él siempre se había sentido extraño. Su madre, Zia, había abandonado Alp de Montez durante la adolescencia y había acabado en Australia, adicta a las drogas y embarazada de él. Hasta los ocho años, la vida de Nick había sido una constante lucha por la supervivencia, viviendo intermitentemente con su madre y en casas de adopción. Hasta que Ruby lo encontró y lo sacó de las calles de Sydney para incorporarlo a su tribu de niños adoptados. Ella le había dado seguridad, pero no había podido proporcionarle raíces.
La proposición de Erhard removía algo muy profundo en su interior. Le había hecho pensar en su madre y en cuánto le hubiera gustado saber que contribuía al bien de su país. Ella siempre había sentido nostalgia por Alp de Montez, pero su familia jamás la hubiera dejado volver. En aquel momento se le ofrecía la oportunidad de volver en nombre de su madre, con Rose a su lado.
El matrimonio no parecía tan mala idea cuando se pensaba en él por razones altruistas. Pero, ¿por qué querría una mujer como Rose casarse con un completo desconocido?
Eran primos.
No, ni siquiera eso. Rose era producto de la infidelidad de su tía «política».
Fuera cual fuera la relación familiar que los vinculaba había una certeza: era una mujer espectacular.
– ¿Y Julianna? -preguntó para seguir buscando objeciones-. ¿No podéis convencerla de que actúe correctamente?
– Se niega a hablar conmigo -dijo Erhard.
– ¿Y contigo? Después de todo, sois hermanastras -preguntó Nick a Rose.
– Me temo que no quiere hablar conmigo -dijo ella con tristeza.
– Así que no hay otra salida.
– Así parece -dijo Rose, sonriendo con melancolía.
Nick reflexionó unos segundos.
– Y decís que yo no tendría que permanecer en Alp Montez -dijo finalmente.
