– Bastaría con un mes -dijo Erhard-. ¿Por qué no te lo planteas como unas vacaciones?

– Es una posibilidad -dijo Nick, pensativo. Unas vacaciones con aquella extraordinaria mujer…-. ¿Y tú cuánto tiempo tendrías que quedarte? ¿Qué harías con tu clínica?

Erhard respondió por Rose.

– Como mínimo, un año.

– Tendría que cerrar la clínica, pero eso, por distintas razones, no es lo que más me preocupa -dijo ella.

– Supongo que hacer de princesa durante un año puede resultar atractivo -bromeó Nick.

– Me estás insultando -dijo Rose, irritada. Y tenía motivos. «No se presentan muchas oportunidades en la vida de contribuir al bien público».

Rose miró a Nick con una fría indiferencia. Él estudió sus manos y vio que eran las manos de una mujer trabajadora, muy distintas a las suyas, propias de un abogado que sólo las utilizaba para firma documentos. Rose probablemente merecía un respiro.

Del otro lado del comedor llegaron los primeros acordes de una orquesta. Había una pequeña pista de baile y algunos comensales la ocuparon. Erhard se levantó.

– Disculpadme, pero no me siento muy bien. En seguida vengo -dijo. Y señalando a la pista, añadió-: Podrías bailar.

– Yo no… -dijo Nick, pero el anciano lo interrumpió.

– Mis fuentes dicen que sí. Y también Rose -dijo. Y fue hacia el servicio.

Rose lo miró con expresión preocupada.

– Es un hombre encantador. Espero que no…

– Creo que se ha marchado para dejarnos a solas. Rose sonrió, pero la inquietud no se borró de su mirada.

– No pareces una veterinaria de campo -dijo Nick observándola detenidamente.

– No me mires así. Puedo vestirme como quiera -dijo Rose, como si la hubiera mirado con desaprobación.

– Nadie lo niega.

– Mi marido me compró este vestido durante nuestra luna de miel -dijo ella en tono irritado.

Nick se tensó.



17 из 112