Después, había salido de la casa. Libre… aunque sintiéndose culpable.

Aun así no pensaba volver a Yorkshire. Nick estaba muy equivocado. No quería lazos, quería volar. De hecho, si alguien le hubiera dicho en aquel momento que la amaba, habría salido corriendo.

Pero estaba en brazos de aquel hombre. Y la sensación era maravillosa.

La carta de Erhard le había informado sobre Nick: un hombre solitario que se había hecho a sí mismo partiendo de una situación muy desfavorecida. Un hombre de extraordinaria inteligencia. Un exitoso abogado internacional, atractivo y encantador.

Casándose con él, no arriesgaba su independencia. Quizá era la mejor manera de conseguir la libertad. Quizá…

Cinco minutos más tarde, Erhard regresó a la mesa y los músicos hicieron un descanso.

– ¡Qué buenos bailarines! -comentó cuando la pareja llegó a la mesa-. ¿Habéis tomado una decisión?

Nick miró a Rose. Ella lo estaba observando fijamente. Había llegado el momento.

– Debemos confiar los unos en los otros -dijo Erhard.

– Yo estoy dispuesta a arriesgarme -dijo Rose súbitamente, como si ansiara salir del estancamiento al que habían llegado. Se volvió hacia Nick-. Si tú no participas, dilo ahora para que Erhard busque otra solución.

– No hay otra solución -dijo Erhard abatido.

Nick estaba desconcertado y sabía que no era sólo porque Rose acabara de acceder a casarse con él, sino por lo que le hacía sentir, por cómo se había sentido bailando con ella… Necesitaba darse una ducha fría y reflexionar.

– Me estáis poniendo entre la espada y la pared -dijo. Erhard negó con la cabeza.

– Eso es lo que queremos evitar; espadas.

– ¿Hablas en serio?

– Completamente -susurró Erhard.

– Estamos esperando, Nick -intervino Rose, mirando con preocupación a Erhard, que había palidecido-. ¿Contamos contigo o no?



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