
– Pero ya ha llegado el momento -dijo Gladys. Y sonrió.
– ¿El momento? -preguntó Rose sin lograr comprender-. ¿De qué?
– Tenemos su esperma, Rose -dijo Bob con la voz teñida de ansiedad-. Hace muchos años, la primera vez que se puso enfermo, nos dijeron que el tratamiento podía dejarlo infértil y ya entonces, nos preocupó que se quedara sin descendencia.
Rose lo miró con expresión de horror.
– Así que congelamos su esperma -dijo Gladys-, y decidimos mantenerlo en secreto. Es un regalo de Max para ti. Ahora puedes tener un hijo suyo.
A novecientos kilómetros, en el bufete de abogados Goodman, Stern y Haddock de Londres, alguien recibía otra sorpresa.
Nikolai de Montez, abogado, miraba perplejo al hombre maduro que se sentaba al otro lado de su escritorio. Había llegado cinco minutos antes de lo acordado vestido elegantemente, algo encorvado por la edad y con manos levemente temblorosas. En la tarjeta que le había presentado se podía leer: Erhard Fritz. Asistente de la Corona.
– Tengo una pregunta muy sencilla -dijo sin preámbulos-. ¿Estaría dispuesto a casarse si con ello heredara el trono?
Como socio de un prestigioso bufete internacional, Nick estaba acostumbrado a recibir las propuestas más «inverosímiles, pero aquélla lo dejó sin habla.
– ¿Que si estaría dispuesto a casarme? -preguntó con incredulidad, como si temiera que las palabras fueran a estallarle en la boca-. ¿Y con quién habría de casarme?
– Con una mujer llamada Rose McCray. Puede que la conozca como Rose-Anitra de Montez. Es veterinaria en Yorkshire, pero resulta que también es la primera en la línea sucesoria al trono de Alp de Montez.
