¿Sería capaz de marcharse? No lo creía posible, pero desde hacía dos días, Rose se sentía asediada por los recuerdos de su marido. No había rincón donde no estuviera presente.

Despertaba y Max la miraba desde la fotografía que ocupaba la mesilla. A Gladys le había dado un ataque de histeria cuando había sugerido donar la ropa de Max, así que cada vez que abría el armario encontraba camisas y sus pantalones. El abrigo de Max seguía colgado del perchero de la entrada, sus botas continuaban sobre el banco del porche.

Rose había sentido un dolor profundo y sincero por la muerte de su marido, pero empezaba a sentirse abrumada por su recuerdo. Su vida transcurría en medio de una permanente adoración a Max. Y habían llegado al extremo de pedirle que tuviera un hijo suyo.

Se sentía tan aturdida que temía derrumbarse, pero en medio de su confusión, una verdad empezaba a emerger con claridad: las cosas no podían seguir así. Max llevaba muerto dos años. De haber tenido el dinero, ella se habría mudado a una casa propia, pero su salario servía para pagar la casa familiar v la clínica. No podía marcharse. No podía. A no ser que…

La proposición que incluía la carta era completamente disparatada, pero también lo era la situación en la que ella se encontraba. Era lo más parecido al canto de una sirena. Alp de Montez… un país que adoraba. Alzó la fotografía de Nikolai de Montez que acompañaba la carta. Era alto, delgado, con rasgos mediterráneos. Era espectacularmente guapo.

De hecho, Rose pensó mientras leía la carta por enésima vez que era el tipo de hombre opuesto a Max. Luego la dejó a un lado. No podía ser. Era imposible. La carta era una locura, le ofrecía una salida de emergencia sin garantías de que, al otro lado, las cosas fueran mejor.

Después de todo, estaba en la comunidad de Max y. por muy atrapada que se sintiera, su deber era permanecer. Si al menos olvidaban lo del bebé…



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