
La última frase era de un Salmo que aprendió en la infancia y que hacía muchos años que no repetía. Su abuela, muerta poco tiempo atrás, se lo había enseñado. Le hubiera gustado tenerla cerca en aquel momento; inmediatamente sintió una presencia amiga.
Estaba empezando a entender que había una gran diferencia entre peligro y miedo.
"Lo que habita en el escondrijo del Altísimo…", así comenzaba el Salmo. Notó que estaba acordándose de todo, palabra por palabra, exactamente como si su abuela estuviese recitando en aquel instante para ella. Recitó durante algún tiempo, sin parar, y, a pesar del miedo, se sintió más tranquila. No tenía otra elección: o confiaba en Dios, en su Ángel de la Guarda, o se desesperaba.
Sintió una presencia protectora. "Necesito creer en esta presencia. No sé explicarla, pero existe. Y permanecerá conmigo toda la noche, porque yo sola no sé salir de aquí."
Cuando era pequeña, solía despertarse en mitad de la noche, espantada. Su padre, entonces, iba con ella
hasta la ventana y le mostraba la ciudad donde vivían. Le hablaba de los guardas nocturnos, del lechero que ya estaba entregando la leche, del panadero haciendo el pan de cada día. Su padre le pedía que expulsara a los monstruos que había colocado en la noche y los sustituyera por estas personas, que vigilaban la oscuridad. "La noche es apenas una parte del día", decía.
La noche era apenas una parte del día. Y del mismo modo que se sentía protegida por la luz, podía sentirse protegida por las tinieblas. Las tinieblas hacían que ella invocase aquella presencia protectora. Tenía que confiar en ella. Y esa confianza se llamaba Fe. Nadie jamás podría entender la Fe. La Fe era exactamente aquello que estaba sintiendo ahora, una zambullida sin explicación en una noche oscura como aquélla. Existía sólo porque se creía en ella. Así como los milagros tampoco tenían ninguna explicación, pero sucedían para quien creía en ellos.
