
De repente, un ruido más fuerte a su lado la sobresaltó e hizo que su corazón se disparase. Ya no había ningún vestigio del abandono en que se encontraba antes. Miró a su alrededor sin distinguir nada. Una ola de pavor parecía nacer desde su vientre y difundirse por el cuerpo entero.
"Tengo que controlarme", pensó, pero era imposible. La imagen de las serpientes, de los escorpiones, los fantasmas de su infancia, comenzaron a aparecer frente a ella. Brida estaba demasiado aterrorizada para conseguir mantener el control. Otra imagen surgió: la de un hechicero poderoso, con un pacto demoniaco, que estaba ofreciendo su vida en holocausto.
– ¿Dónde estás? -gritó finalmente. Ya no quería impresionar a nadie. Todo lo que quería era salir de allí.
Nadie respondió.
– ¡Quiero salir de aquí! ¡Socorro!
Pero sólo estaba el bosque, con sus ruidos extraños. Brida se sintió desfallecer de miedo, creyó que iba a desmayarse. Pero no podía; ahora que tenía la certeza de que él estaba lejos, desmayarse sería peor. Tenía que mantener el control de sí misma.
Este pensamiento le hizo descubrir que alguna fuerza dentro de ella estaba luchando para mantener el control. "No puedo continuar gritando", fue lo primero que pensó. Sus gritos podían llamar la atención de otros hombres que vivían en aquel bosque, y hombres que viven en bosques pueden ser más peligrosos que animales salvajes.
"Tengo fe -comenzó a repetir, bajito-. Tengo fe en Dios, en mi Ángel de la Guarda, que me trajo hasta aquí y permanece conmigo. No sé explicar cómo es, pero sé que él está cerca. No tropezaré con ninguna piedra."
