Y a pesar de quedar insatisfecha consigo misma, algunas veces le era imposible ir más allá de sus propios límites.

Los libros eran más seguros. Los estantes contenían reediciones de tratados escritos centenares de años atrás; muy poca gente se arriesgaba a decir algo nuevo en este campo. Y la sabiduría oculta parecía sonreír en aquellas páginas, distante y ausente, ante el esfuerzo de los hombres en intentar develarla a cada generación.

Además de los libros, Brida tenía otro gran motivo para frecuentar el local: se quedaba observando a quienes venían siempre allí. A veces fingía hojear respetables tratados alquímicos, pero sus ojos estaban concentrados en las personas -hombres y mujeres, generalmente más viejos que ella- que sabían lo que deseaban e iban siempre hacia el estante adecuado. Intentaba imaginar cómo debían ser en la intimidad. A veces parecían sabios, capaces de despertar la fuerza o el poder que los mortales no conocían. Otras, apenas personas desesperadas, intentando descubrir nuevamente respuestas que olvidaron hace mucho tiempo y sin las cuales la vida dejaba de tener sentido.

Reparó también en que los clientes más usuales acostumbraban conversar siempre con el librero. Hablaban de cosas extrañas, como fases de la luna, propiedades de las piedras y pronunciación correcta de palabras rituales.

Cierta tarde Brida decidió hacer lo mismo. Estaba regresando del trabajo, donde todo le había ido bien. Consideró que debía aprovechar el día de suerte.

– Sé que existen sociedades secretas -dijo. Creyó que era un buen comienzo para la conversación. Ella "sabía" algo.

Pero todo lo que el librero hizo fue levantar la cabeza de las cuentas que estaba haciendo y mirar espantado a la chica.



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