
"Quizá porque no estén contentas con la alegría." Encontró su frase medio absurda, pero la registró en su Diario como algo creativo.
Después de una semana con la idea de la Otra Parte rondándole en la mente, Brida empezó a ser poseída por una sensación aterradora: la posibilidad de escoger al hombre equivocado. La octava noche, al despertarse una vez más para contemplar sin ningún resultado las cartas del tarot, decidió invitar a su novio a cenar al día siguiente.
Escogió un restaurante que no era muy caro, pues él siempre quería pagar las cuentas a pesar de que el sueldo como asistente de catedrático de Física de la Universidad era bastante más bajo que el de ella como secretaria. Aún era verano y se sentaron en una de las mesas que el restaurante colocaba en la acera, a la orilla del río.
– Quiero saber cuándo los espíritus me dejarán dormir contigo otra vez -dijo Lorens, de buen humor. Brida lo miró con ternura. Le había pedido que estuviera quince días sin ir al departamento y él había accedido, haciendo tan solo las protestas suficientes para que ella entendiese cuánto la amaba. También él, a su manera, buscaba los mismos misterios del Universo; si algún día le pidiese que se mantuviera quince días alejada, ella tendría que aceptar.
Cenaron sin prisa y sin conversar mucho, mirando las barcas que cruzaban el río y a las personas que paseaban por la acera. La botella de vino blanco que estaba en la mesa se vació y fue pronto sustituida por otra. Media hora después las dos sillas estaban juntas, y contemplaban abrazados el cielo estrellado de verano.
– Fíjate en este cielo -dijo Lorens, acariciándole los cabellos-. Estamos mirando a un cielo de millares de años atrás.
Él le había dicho eso el día en que se encontraron. Pero Brida no quiso interrumpir, ésta era la manera en que él compartía su mundo con ella.
– Muchas de estas estrellas ya se apagaron y, sin embargo, sus luces todavía están recorriendo el Universo. Otras estrellas nacieron lejos y sus luces aún no llegaron hasta nosotros.
