– ¿Entonces nadie sabe cómo es el cielo verdadero? -ella también había hecho esa pregunta la primera noche. Pero era bueno repetir momentos tan agradables.

– No lo sabemos. Estudiamos lo que vemos, y no siempre lo que vemos es lo que existe.

– Quiero preguntarte una cosa. ¿De qué materia estamos hechos? ¿De dónde vinieron esos átomos que forman nuestro cuerpo?

Lorens respondió, mirando el cielo antiguo: -Fueron creados junto con estas estrellas y este río que estás viendo. En el primer segundo del Universo. -Entonces, después de este primer momento de Creación, ¿no se añadió nada más?

– Nada más. Todo se movió y se mueve. Todo se transformó y continúa transformándose. Pero toda la materia del Universo es la misma de billones de años atrás. Sin que un átomo tan siquiera haya sido agregado.

Brida se quedó mirando el movimiento del río, y el movimiento de las estrellas. Era fácil percibir el río corriendo sobre la Tierra, pero era difícil notar a las estrellas moviéndose en el cielo. No obstante, uno y otras se movían.

– Lorens -dijo por fin, después de un largo tiempo en que los dos se quedaron en silencio, viendo pasar

un barco-. Deja que te haga una pregunta que puede parecer absurda: ¿es físicamente posible que los átomos que componen mi cuerpo hayan estado en el cuerpo de alguien que vivió antes de mí?

Lorens la miró, espantado.

– ¿Qué es lo que estás queriendo saber? -Sólo esto que te pregunté. ¿Es posible?

– Pueden estar en las plantas, en los insectos, pueden haberse transformado en moléculas de helio y estar a millones de kilómetros de la Tierra.

– Pero, ¿es posible que los átomos del cuerpo de alguien que ya murió estén en mi cuerpo y en el cuerpo de otra persona?

Él se quedó callado, por algún tiempo. -Sí, es posible -respondió finalmente.

Una música distante comenzó a sonar.



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