– Podrías contratar a un guardaespaldas…

– Déjate de bobadas. Me gustaría contratarte a ti.

– No es que no quiera ayudarte. Claro que quiero. Me limito a repasar las posibilidades que tienes. Y creo que necesitas más ayuda de la que yo pueda darte.

Se echó hacia delante con vehemencia.

– Sólo quiero que averigües lo que hay en el fondo de todo esto. Que me digas lo que ocurre. Quiero saber por qué se me acosa y pararle los pies al responsable. Entonces ya no necesitaré ni policías ni guardaespaldas ni nada de nada. -Cerró la boca con fuerza y apretó los dientes. Se echó hacia atrás-. Es la leche -añadió. Se removió con inquietud y se puso en pie. Sacó de la cartera un billete de veinte dólares y lo dejó sobre la mesa. Echó a andar hacia la puerta con sus saltitos rítmicos, aunque cojeando más que de costumbre. Cogí el bolso y lo alcancé.

– No tan aprisa, caramba. Vamos a mi despacho y formalizaremos el contrato.

Me abrió la puerta para que saliese yo primero.

– Espero que tengas dinero para pagarme -le dije por encima del hombro.

– No te preocupes -dijo con una sonrisa. Giramos a la izquierda, en dirección al parking-. Siento haberme exaltado -murmuró.

– Tranquilo. No pasa nada.

– Creo que no te lo has tomado muy en serio -dijo.

– ¿Por qué no me lo habría de tomar en serio?

– Mi familia piensa que me falta un tornillo.

– Claro, por eso recurres a mí y no a tu familia.

– Gracias -dijo en voz muy baja. Me enlazó el brazo con el suyo y me lo quedé mirando. La cara se le había vuelto de color rosa y tenía lágrimas en los ojos. Se las enjugó de cualquier manera, sin mirarme. Me di cuenta por primera vez de lo joven que era. Un niño, un niño destrozado, confuso y muerto de miedo.



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