
Nos dirigimos sin prisas hacia mi coche y advertí que algunos curiosos nos miraban y volvían la cara con lástima y aprensión.
Me entraron ganas de pegarle a alguien.
A las dos de la tarde ya habíamos firmado el contrato; Bobby me dio un anticipo de dos mil dólares y lo dejé delante del gimnasio, donde tenía el BMW. A causa de su incapacidad tenía derecho a utilizar el espacio reservado a los minusválidos, pero vi que no había hecho uso de él. Puede que ya estuviera ocupado al llegar él o que, por obstinación, hubiese preferido recorrer los veinte metros que había entre una zona y otra.
Cuando salió del coche me incliné sobre el asiento que acababa de abandonar.
– ¿Quién es tu abogado? -le pregunté. Mantuvo la portezuela abierta y ladeó la cabeza para poder verme.
– Varden Talbot, de Talbot y Smith. ¿Por qué? ¿Quieres hablar con él?
– Pregúntale si tiene inconveniente en dejarme los informes de la policía. Ganaríamos mucho tiempo.
– De acuerdo, lo haré.
– Ah, es probable que empiece por tus parientes más cercanos. Tal vez tengan alguna hipótesis en relación con lo sucedido. ¿Te puedo llamar más tarde para que me digas cuál es el mejor momento para hablar con ellos?
Hizo una mueca. Mientras nos dirigíamos a mi despacho me había contado que a causa de su incapacidad se había visto obligado a volver temporalmente con la familia, cosa que no le había hecho ninguna gracia. Sus padres se habían divorciado hacía unos años y la madre había vuelto a casarse; en total, era su tercer casamiento. Según parece, Bobby no se llevaba bien con su último padrastro, aunque por lo visto le gustaba su hermanastra, una joven de diecisiete años que se llamaba Kitty. Yo quería hablar con los tres. Casi todos mis casos empiezan con gestiones rutinarias, pero aquel parecía diferente desde el comienzo mismo.
