
Corría el mes de agosto y me dedicaba a hacer ejercicios en Santa Teresa en Forma para subsanar las secuelas de la rotura del brazo izquierdo. Los días eran muy calurosos, el sol pegaba fuerte y no había ni una sola nube en el cielo. Las torsiones de muñeca, las supinaciones y pronaciones del brazo y los ejercicios para las manos habían terminado por aburrirme y por despertarme el mal humor. Acababa de trabajar en dos casos seguidos y había sufrido otras lesiones aparte de la fractura de húmero.
Estaba destrozada por dentro y necesitaba descansar. Por suerte tenía dinero en el banco y podía permitirme un par de meses de vacaciones. Pero la inactividad me ponía nerviosa y aquel régimen de ejercicios sistemáticos comenzaba a sacarme de quicio.
Santa Teresa en Forma es un lugar muy serio, autorizado únicamente para mayores. Ni jacuzzi, ni saunas, ni música ambiental. Sólo paredes con espejos, aparatos gimnásticos y una moqueta de fibra sintética del color del asfalto. Los doscientos sesenta metros cuadrados que tiene el recinto huelen a braguero.
Tres veces por semana me presentaba a las ocho de la mañana, hacía precalentamiento durante quince minutos y a continuación practicaba una serie de ejercicios destinados a fortalecer y tonificar el deltoides, el pectoral mayor, el bíceps, el tríceps y demás músculos lesionados por haber puesto el brazo, en un momento de lo más tonto, en la trayectoria de un proyectil del 22. El ortopeda me había ordenado seis semanas de rehabilitación y ya llevaba tres. No me quedaba, pues, más remedio que armarme de paciencia e ir de un aparato a otro. Yo era prácticamente la única mujer que había en el centro a aquella hora y para olvidarme del dolor, el sudor y las náuseas me entretenía observando la anatomía masculina mientras los hombres se dedicaban a observar la mía.
