
Bobby Callahan acudía a la misma hora que yo. No sabía qué le había pasado, pero, fuera lo que fuese, le había tenido que doler. Creo que medía alrededor del metro ochenta y tenía un físico de jugador de rugby: cabeza grande, cuello de toro, hombros poderosos y piernas fuertes. Iba con la cabeza rubia inclinada lateralmente, y la parte izquierda de la cara le colgaba como si esbozase una continua mueca de disgusto. La boca le rezumaba saliva como si le hubieran puesto una inyección de novocaína y tuviese los labios insensibles.
Solía ir con el brazo doblado y pegado a la cintura, y se limpiaba la barbilla con el pañuelo blanco que llevaba en la mano. Lucía un horrible cardenal rojo oscuro en el puente de la nariz y otro en mitad del pecho, y las cicatrices le cuadriculaban las rodillas como si un espadachín se hubiera ensañado con él. Andaba a saltitos espasmódicos, como si tuviera el tendón de Aquiles más corto de lo normal y se viese obligado a doblar hacia arriba el talón. Los ejercicios tenían que dejarle totalmente exhausto, pero no faltaba ninguna mañana. Admiraba su tenacidad y le observaba con interés, avergonzada de los tiquismiquis de los que me quejaba por dentro. Saltaba a la vista que yo iba a recuperarme y él no. Pero no me inspiraba lástima, sino curiosidad.
Aquel lunes estuvimos solos en el gimnasio por vez primera. Estaba boca abajo, en un banco contiguo al mío, haciendo flexiones de piernas y sumido en sus pensamientos. Yo acababa de instalarme en el aparato para los músculos de las piernas, sólo para variar. Peso cincuenta y algo y tengo un tórax proporcionalmente rehabilitable. Como no había hecho footing desde que me dispararan, pensé que me sería útil mover un poco las piernas. Sólo conseguí levantar sesenta kilos, pero aun así me costó lo mío. Para distraerme, me puse a jugar a ver qué aparatos me caían más gordos. El aparato para flexionar las piernas que estaba utilizando Bobby era uno de los candidatos más idóneos. Vi que hacía una serie de doce flexiones y vuelta a empezar.
